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Snowrunning Sierra de las Nieves

1/12/2018 09:00:00 a. m.


Tres días después de nuestra aventura en el GR-248, Paco y yo ya estábamos nos embarcados en otra, esta vez en compañía de Juan de Dios, corremontes de Benahavís.

Tras recogerme Paco en Fuengirola aparcamos en la gasolinera de San Pedro, donde cambiamos al coche de Juande para subir a la Sierra de las Nieves
Un desayuno más tarde estábamos camino de Quejigales, con una temperatura exterior que rondaba entre los 0 y los 4 grados, según el termómetro del coche y el tramo del recorrido.

A punto estuvo de terminar la aventura antes de comenzar, ya que iba a tomar lugar una montería, pero convencimos al muchacho encargado de cerrar el camino contándole nuestro plan de ruta y que no pensábamos volver hasta las 3 de la tarde, hora en la que ya habría acabado la montería.

Minutos más tarde, casi a las 9 de la mañana, estábamos preparados para ascender a la Sierra de las Nieves, aun con muchas capas.

Paco iba a subir en mangas cortas, pero yo hoy tenía bastante más frío que en la jornada por la Gran Senda del Guadalhorce; no había apenas humedad, es verdad, pero también partíamos con casi 0 grados.

No obstante, tras los primeros kilómetros con pendiente en contra no tardamos en hacer un alto para quitarnos una capa.

El firme era perfecto para correr, puesto que la nieve era polvo y el barro estaba congelado; el "invento" con los calcetines de neopreno y las Luna Sandals Oso estaba funcionando, al comenzar tenía los pies helados, pero ya avanzaba sin problema hacia el Puerto de los Quejigales.


El "invento", calcetines de neopreno, las Lunas Sandals Oso y polainas Salomon
No tardamos mucho en dejar atrás el camino y penetrar por un precioso sendero rodeado de pinsapos... la estampa con la nieve y estos gigantes centenarios era increíble, parecíamos estar en el corazón de Europa.

El firme comenzó a picar hacia arriba y tuve que quitarme las polainas, ya que el huarache derecho se me iba soltando y con ellas puestas no podía volvérmelo a colocar con facilidad.


Aprovechando la parada para sacar una foto
Al final decidí parar del todo y ajustarlo; iba a correr con las Godzilla Race 2, ya que me gusta mucho más su ajuste, pero al probarlas me quedaban demasiado apretadas.

Las correas de las Oso son más largas, por lo que aunque son más complicadas de ajustar quedaban más cómodas, algo primordial para una ruta en la que íbamos echar varias horas.

Seguimos ascendiendo por la Cañada de las Ánimas, disfrutando del crujir de la nieve bajo nuestros pies y de las vistas.


No encontramos tanta en las primeras horas, pero aun quedaba bastante nieve

La vegetación se perdía entre la nieve
No seguiríamos la ruta habitual de ascenso directo al Torrecilla si no que daríamos un rodeo para ascender primero a la Peña de los Enamorados para disfrutar de zonas preciosas y casi olvidadas de la Sierra de las Nieves.


Abriendo huella con cuidado

¿Quien diría que estábamos en Málaga?
Pese a hundirme hasta los tobillos, el pie se mantenía caliente
Tras bordear una de las múltiples simas de la zona, antiguamente usada como nevero, Paco nos comentaba que en verano se inunda toda la zona de matas de flores de colores vivos, azules, naranjas... pero como lo más famoso es el Torrecilla, los caminos van quedando en el olvido y sin mantenimiento acaban por desaparecer.

Estábamos teniendo una suerte increíble con el día, ya que apenas había brisa, el cielo estaba completamente despejado y la temperatura, corriendo, era excelente.


¡Ni una nube en el cielo!
En circunstancias adversas el ascenso a la Peña hubiese sido una temeridad, ya que el mismo Paco conocía a una muchacha experimentada en travesías de resistencia que se desorientó y pereció en el ascenso hace tiempo; y hablamos de una persona conocedora de la montaña y con cierta experiencia, no de un aficionado.


En la cumbre del Peñón

Oteando el horizonte
Desde la cumbre visualizamos los picos cercanos, el Puerto de Lifa y varios de los caminos que los valientes del II Reto Ronda-Ardales recorrerían en unos días.


Foto de Juande, de un matorral helado en la Peña
Al margen derecho quedaba un paso que creo que se llamaba de la Ventisca o algo similar; es una zona elevada y expuesta por la que transitamos al bajar de la Peña.

Pese a no tener apenas brisa hasta el momento en esa zona soplaba un insistente viento, que daba nombre a la zona; por lo visto transitarla con clima adverso es bastante incómodo porque el aire da de lleno y no tienes donde guarecerte.

Parecía que íbamos por el sendero, pero cuando nos dimos cuenta estábamos campo a través; volvimos ligeramente sobre nuestros pasos y bajamos más a la derecha, intuyendo el sendero entre la vegetación y la nieve, que ya en esta cara escaseaba.


Intuye el sendero
Pasamos entre unos árboles contemplado un pozo nevero que quedaba a mano derecha y que era idéntico a uno que visité con la escuela en primaria, en un ascenso que realizamos desde Yunquera; pensaba que era el mismo, pero vimos más muy similares durante la jornada, así que puede que esté confundido.

Parecía que llovía entre los árboles, ya que el hielo se fundía con un peculiar sonido y empapaba el suelo que pisábamos, ya con barro líquido que se pegaba a las suelas, al estilo del GR-248.


Los árboles helados tenían un toque Timburtoniano

Entre matorrales y piedras intuíamos el sendero
Tras un breve tramo abriendo huella por la nieve, de nuevo más espesa y con cuidado de pisar sobre el camino, desaparecido bajo nuestros pies, nos internamos en el Canchal de los Quejigos, mientras charlábamos sobre la experiencia de Juande en Sables y las carreras por el desierto.

Paco tiene experiencia también en correr por desiertos con dunas, ya que además de la Falco Trail ha estado corriendo por la zona entre Marruecos y Mauritania; sus experiencias me dejaban embelesado.


Sigue corriendo, sigue corriendo...
Mi experiencia con los desiertos se remite a los Badlands del II Ultra Trail Tabernas Desert, pero nunca he tenido la oportunidad de correr entre dunas.

Mientras admirábamos un Pinsapar del terciario único en el mundo (por desgracia, en regresión), nos topamos con el Paso Cola de Tejo.

Tras pasar la cadena pudimos contemplar en la lejanía el Puerto de los Valientes, nuestro objetivo para ascender al Torrecilla, pero antes tendríamos que ascender por la Cañada de Froncaire, mientras organizábamos una futura expedición al desierto entre los tres.

La nieve retornó bajo nuestros pies, haciéndose más densa a medida que ascendíamos por la ladera trazando zetas, mientras Paco nos hablaba de "los psiconautas", un grupo de gente con quien se topó en los inicios de internet.

Eran un grupo de gente instruida, con conocimientos de química entre otros ámbitos, que se dedicaba a fumar cosas, desde cáscaras de fruta a hierbas entre otras muchas y compartir sus experiencias en un foro al que hacía tiempo le perdió la pista.

Mientras comentábamos el asunto nos olvidábamos de la pendiente que teníamos ante nosotros.

Por momentos el camino se tornaba duro por el desnivel y la nieve, pero subíamos como niños pequeños, abriendo huella con la ilusión del niño que va desenvolviendo un regalo.

Estaba muy contento con el resultado de los calcetines de neopreno y el agarre de las Oso, ya que ascendía a la par que Paco y Juande sin complicaciones, algo que me preocupaba por estrenar el material en una ruta tan exigente.

Una vez subimos la ladera nos tocó afrontar el cresteo; pensaba que el punto más distante era ya el Torrecilla, pero no; al ascenderlo ya lo vimos por fin, con varias personas en la cumbre.

Tuvimos que hacer una breve parada a medio camino ya que una piedra había entrado en el calcetín de neopreno; ¿cuáles eran las probabilidades?

Con mucho cuidado, ya que la nieve cubría varios centímetros que se hundían al pisar y debajo había piedras, fuimos aproximándonos a la cumbre, que coronamos tras algo más de 13 intensos kilómetros

Allí plantamos el huevo, echando un rato largo en desayunar, charlar con los muchachos de la cumbre y otros que llegaron tras irse éstos y contemplar las vistas mientras recuperábamos fuerzas.


Mi primer ascenso al Torrecilla

Juande y Paco, desayunando con las vistas de Sierra Blanca

Servidor con la placa

Descansando sobre nieve, frente al mar

Foto de grupo
Tras reponernos comenzamos a bajar; íbamos a seguir la senda habitual para no repetir camino, pero tuvimos que volver ligeramente sobre nuestros pasos debido al hielo.

El tramo de bajada hacia el Pilar de Tolox fue tremendamente técnico, ya que abríamos huella en zonas donde la nieve llegaba a la espinilla, con la consiguiente entrada de nieve en el calzado.

Tuvimos algunos resbalones y tuve que parar un par de veces a reajustar las sandalias, ya que en bajada la cinta tobillera descendía, lo que me hacía perder estabilidad.

Mientras trotábamos Paco nos indicaba un Tejo a lo lejos y más adelante la presencia de Quejigos de las Nieves (Quercus Alpestris), vegetación que no encontrarás fuera de la sierra en estas latitudes; tenemos un tesoro que pocos conocen, más cerca de lo que se imaginan.

Ya en terreno firme pude retomar terreno y alcanzar a Paco y Juande sin dificultad; poco más adelante hicimos un alto para descansar las piernas y beber de una de las fuentes antes de continuar hacia el Puerto de los Pilones.


Reponiendo los bidones

Paco, preparando su equipo
Retomamos la marcha a buen ritmo sobre la nieve, cruzándonos con senderistas menos madrugadores que nosotros y adelantando a otros que lo habrían sido más.


Bajando...
Camuflado en un Quejigo de las Nieves



Turno de Paco
El camino fue muy divertido, con barro entremezclado con nieve y hielo en ocasiones (tuvimos algún que otro resbalón), pero a medida que fuimos internando en la Cañada del Cuerno tuvimos que despedirnos de la nieve, salvo por algún parche aislado (hielo si encontramos en pequeños arroyuelos que se cruzaban por el camino.


Despidiéndonos de la nieve antes de llegar al bosque
Bajamos a buen ritmo, saltando troncos y raíces, derrapando en los giros cerrados... empapándonos de monte en estado puro.

La zona era preciosa, un bosque denso por el que correteábamos como cabritillos, encarando el final de una ruta de 10.


Pequeña parada para aprovechar el magnífico fondo

El cazador, cazado
Camuflado entre la vegetación
No tardamos en llegar de nuevo al camino de Quejigales, parando el crono por primera vez en la jornada en 5 horas 18 minutos, de las cuales estuvimos 3:50 en movimiento constante.


Ya en el área de descanso, cambiándonos
Las Oso habían respondido a la perfección, de hecho, me vi realmente cómodo en todo momento, bajadas incluidas, pero lo primero que hice al parar fue quitarme los calcetines de neopreno y las sandalias.

El suelo estaba húmedo y blandito, fresco... era una delicia para los pies, que salvo por una rozadurita en uno de los dedos debido a la piedra  que se me coló y un pequeño corte que una raíz me hizo en el talón estaban perfectos.

Aun así corro sin calcetines hasta en invierno y no estoy acostumbrado a esa sensación de aprisionamiento del neopreno, por lo que fue un alivio descalzarme del todo.

Juande me dejó su botiquín para curarme, nos cambiamos y nos dirigimos a una venta para poner el broche a una jornada excelente con un almuerzo contundente.



En resumen, una ruta más que recomendable siempre que el tiempo acompañe, sobre todo acompañado con la calidad deportiva y humana de Juande y Paco, si os surge un plan así ni os lo penséis, coged todo lo necesario y... ¡a la sierra!

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