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Reto 360º Solidarios, etapa 11: Ojén-Fuengirola

11/21/2015 07:00:00 a. m.


Estaba completamente exhausto, pero debía continuar; como fuese.

Habíamos recorrido ya 7 kilómetros de la última etapa, en una hora y 20, y lejos de mejorar el ritmo conforme el cuerpo entraba el calor y la pendiente, por fin, parecía ponerse de nuestro lado, cada vez estaba más ko.


Tras una noche pesadillesca en la que me perdía en el ascenso por una vertical montaña, huyendo de algo, comenzamos la jornada, casi sin descanso, cerca de las 7 de la mañana.

Pablo estaría ya camino de Jarapalos, así que, Pascal, Paco y yo desayunamos y preparamos las cosas para que nuestros compañeros de Mundorutas las cargasen en el coche; ya no necesitaríamos más que bebida y comida.

Habíamos desayunado ya, pero nos encontramos con varios compañeros dispuestos a acompañarnos en esta última jornada, que además nos invitaron a re-desayunar en un bar del pueblo donde por fin, tras 11 días de reto, encontrábamos un lugar donde sirviesen churros; uno de ellos, Ezequiel, había venido expresamente desde Ceuta para acompañarnos... ¡sin palabras!

Con el estómago bien relleno y ya espabilados abandonamos Ojén por el camino del cementerio municipal, y tras cruzar un puente de piedra con varios siglos de antigüedad, encaramos Sierra Alpujata desde el este.

Las subidas las realizábamos andando, sobre todo Pascal y yo, en la retaguardia, mientras charlábamos con nuestros compañeros, pero tras más de una hora sin ningún parcial por debajo de 10 minutos el kilómetro, ni si quiera cuesta abajo, éstos comenzaban a inquietarse.

Es lógico, ya que tenían sus quehaceres y tampoco querían perderse la llegada a meta del Maratón Alpino Jarapalos, donde Paco quería unirse a las escobas en cuanto acabase esta última etapa, por lo que después de echarnos la foto que encabeza la crónica, en una de las pistas, nos despedimos de ellos.

Personalmente estaba destrozado, en parte, debido a haber afrontado 3 jornadas consecutivas con llegadas nocturnas, noches de poco más de 5-6 horas de sueño y largas etapas; en parte también debido a que ya llevábamos camino de 650 kilómetros en las piernas, y nos guste o no, somos humanos, yo el primero, y el cuerpo pedía tregua por todos los medios.

Ya casi estábamos, por la desierta pista, en la distancia, se vislumbraba el repetidor de la Sierra de Mijas, donde Zaid, Iván Ortiz y muchos grandes corredores de trail (Pablo también entre ellos, o Francisco Viegas) se estaban dejando la piel.

Nosotros, por contra, parecía que reptábamos, sufriendo con cada paso que nos acercaba a Fuengirola, tan distante que parecía eterna.

Tenía los pies cubiertos de polvo, calor, con el sol elevándose ya sobre nosotros, y todos los músculos de mi cuerpo agarrotados.

Paco lideraba el grupo, le seguía yo y nos cerraba Pascal, mientras descendíamos por la pista siguiendo la cabecera del río Ojén, que había salvado previamente sin tratar si quiera de evitar mojarme los pies, al contrario, disfruté del frescor de sus aguas.

El paisaje era sobrecogedor.

No había conocido el inmenso pinar que nadie ahora se atrevería a afirmar que una vez pobló lomas y cerros, pero nuestros compañeros de entrenamiento nos contaron que era tan espeso que en verano podías plantarte en Fuengirola desde Ojén sin que te tocase un solo rayo de sol.

Ahora, todo cuanto nos rodeaba, era devastación, con algunos brotes resurgiendo de entre la calcinada vegetación, tantos años después de aquel gran incendio, pero salvando los foráneos eucaliptos y algunos árboles cuyas copas se salvaron, no había rastro alguno de naturaleza en varios kilómetros a la redonda.

Parecía que un gigante había arrancado la carne a la sierra y había dejado solo el esqueleto de lo que antaño fue un majestuoso pinar, y casi queriendo huir de tan lánguida visión, cambié el ritmo y aceleré el paso.

Habíamos pasado casi una hora "corriendo" en solitario los tres, nos encontrábamos en tierra de nadie, y no quería prolongar mi paso por esa zona, que tanta lástima me daba, como si me absorbiese la poca energía que me quedaba.

De acuerdo que en las cuestas arriba era incapaz de hacer algo que no fuese trotar, pero en los llanos metimos una marcha más, y en las bajadas, aun zigzagueando, abrí la zancada todo lo que pude.

Vadeando un par de arroyos y encarando la prolongada subida al cerro de la luz dejamos atrás el término municipal de Ojén.

Hacía mucho que no veíamos un cartel de la Gran Senda de Málaga, y Paco y Pascal me preguntaban si conocía ya la zona, pero sinceramente y aunque no era nada difícil ubicarse (correteábamos por la falda sur de la Sierra Alpujata, con el mar en el horizonte, a nuestra derecha, y el Pico Castillejos justo enfrente de nosotros, en la Sierra de Mijas), no sabía a ciencia cierta donde estábamos.

Dejamos atrás varios explotaciones a cielo abierto, de Mica posiblemente, y pocos metros después de cruzar el arroyo del Laurel, mientras imaginaba como debió haber sido la vida en esta zona antes del incendio, el GPS marcó el kilómetro 18, y por fin me ubicaba.

Estábamos llegando al centro de drogodependientes de Mijas, que estaba a poco más de 2 kilómetros, zona donde estuve practicando con el coche después de sacarme el carnet para ir cogiendo soltura, hacía ya más de un lustro; nunca hubiese imaginado que el sendero que estábamos recorriendo nos llevaría hasta allí.

Una eternidad después, dejamos atrás la pista y pisamos asfalto, casi como una bendición para mis maltrechos pies, rebozados del polvo del camino, que se me había ido pegando tras cada refrescón al ir cruzando arroyos.

La carretera estaba desierta y ya estábamos casi en el ecuador de la etapa, pero cada paso en el pronunciado descenso era una tortura, y aunque no íbamos mal de ritmo (alrededor de 7 minutos el kilómetro, el mejor promedio de la ruta hasta el momento), parecía que en cualquier momento me iba a saltar un tendón o se me iba a montar un músculo.

Íbamos zigzagueando muy abiertos, aprovechando el inexistente tráfico, y aproveché para avisar de que llegaríamos más tarde de lo previsto, ya que habíamos empleado más de una hora extra sobre nuestra previsión de tiempo en los primeros 20 kilómetros.

No sabía si era debido al gel que me había tomado en el ascenso previo, de aguantar en la bajada o porque tocaba, pero llegando al final del descenso me retiré a un lado del camino para ir al baño, y cuando llegó la hora de ponerme en pie no era capaz.

Las piernas, sencillamente, no me respondían, y tuve que ponerme de rodillas y estirarlas varias veces para, acompañado de las manos y apoyándome en el tramo final del quitamiedos, incorporarme.

Ni si quiera pude echar a trotar del tirón, pero tras varios pasos y un par de amagos, pude coger ritmillo.

Cogí a Pascal en la puerta de una gran finca, aunque nos extrañó no ver a Paco a lo lejos, ya que, nuevamente, nos encontramos al arroyo del Laurel, que hacía recodo.

Alguien nos llamó al pasar, y Paco apareció entre la vegetación, así que retomamos la marcha.

Sabía que una vez que llegásemos al Albergue de Entrerríos ya no quedaba nada para llegar a la Rambla del Alamillo, donde nos esperarían los compañeros de Mundorutas, familiares, amigos y compañeros del Club Atletismo Fuengirola para acompañarnos en la última decena de kilómetros.

Aun así parecía que el albergue no llegaría nunca, y tras subir varias pendientes, con cortijillos a ambos lados de la carretera, y trazar varias curvas, apareció en la distancia.

Cogimos el margen derecho de la carretera, y, al trote y extrañamente callados desde que comenzase el reto (aunque de tanto en cuando alguno interrumpíamos el silencio), fuimos avanzando en dirección al mar.

En el kilómetro 26 parecía que entre la pendiente a favor y el efecto psicológico que nos producía el sabernos ya cerca del Río Gomenaro y la Rambla de Alamillos, cambiamos el chip, y pusimos un ritmo constante cercano a 6 minutos el kilómetro; ¡vamos, vamos!

Llegamos a la curva cerrada por donde el sendero continúa, bajando a lecho del río, y me puse en cabeza, corriendo con muchísimas ganas, puesto que divisé a lo lejos el coche de Mundorrutas y a nuestros amigos.

Louai, el hijo de Hind, compañera del club, corrió hacia mí, y juntos llegamos a la zona donde se encontraba nuestro avituallamiento.

Comencé a reponer mientras llegaban Paco y Pascal, sin poder creerme que, tras tantos días y tantos cientos de kilómetros, estuviésemos ya tan cerca de lograr nuestro objetivo; no sabía si estaba contento, triste o una mezcla de ambas, pero era incapaz de expresar emoción alguna.


Reponiendo mientras llegaban los compañeros

Foto previa a la llegada de Pascal
Tras ponernos brevemente al día con mis padres, nuestros compañeros de apoyo y todos los que ahora nos acompañarían hasta Fuengirola, que no eran pocos, retomamos la marcha.

Estábamos a, aproximadamente, 10 kilómetros, por lo que nos quedaban menos de 2 horas incluso andando, pero este era un reto para realizar corriendo, y eso es lo que planeaba hacer mientras me quedasen fuerzas... hasta que me di cuenta de que alguno de los compañeros que nos decidió acompañar se quedaba ligeramente rezagado, así como Pascal.

Cambié de idea; llevaba ya incontables horas corriendo, algunos de los compañeros habían pasado más de una hora esperándonos y además Pascal había estado ahí desde el inicio, desde el primer paso, así que nadie se iba a quedar atrás ahora, iríamos al ritmo del más lento.

Tenía los pies destrozados y el sendero que discurre paralelo al Río Gomenaro (también conocido como Río Fuengirola o Río Suel), estaba totamente empolvado, por lo que aprovechamos la zona del Esparragal para coger la A-7053, y, pegados al margen derecho, avanzar trotando en fila india sin dejarnos a nadie.

Paramos brevemente en la Finca de la Morena para beber agua y reagruparnos, así como en la gasolinera pasada la rotonda memorial a las víctimas del terrorismo en Las Lagunas.

Estaba ya en "zona franca", conocía cada centímetro cuadrado de carretera y no podíamos estar a más de 2 kilómetros de distancia...

Al cruzar bajo el puente de la autovía previo a la rotonda del Mcdonalds Paco se cambió la camiseta por la del Maratón de Los Pacos, que mi padre le había regalado, y tras cruzar andando el paso de cebra previo al Hiper Fu, retomamos el trote a buen ritmo.


A kilómetro y medio de la meta...
Los últimos kilómetros parecía que iba flotando, llevaba el pulso desbocado y notaba una fatiga extrema, pero nada de dolor localizado; no podía parar, ya que sabía que si lo hacía no sería capaz de reanudar la marcha, ni andando.

Recorrimos el último kilómetro en 6:27, y la aventura finalizó.


Emotiva llegada a meta

En cuanto nos echamos la foto de rigor cada uno corrió a abrazarse con los suyos... ¡pero nos estaban aun esperando!

Foto de familia; si alguno de ellos hubiese faltado, el reto no habría sido lo mismo, ¡GRACIAS A TODOS!
Cudeca, la inspiración del reto

Foto en el avituallamiento final, con las autoridades locales y representantes de Cudeca

Reconocimiento por parte el concejal de deportes y emotivo aplauso.
Paco, fiel a su compromiso como liebre con la organización del Maratón Alpino Jarapalos, se despidió de nosotros y marchó hacia la Sierra de Mijas con su hermana Toñi, y el resto nos despedimos hasta pronto, ya que tras una larga y merecida ducha, quedamos para almorzar todos juntos.


El enorme Pascal y un servidor, con un galardón sorpresa que recibimos en El Bolichito

Foto de familia, la última del reto

Por supuesto, también había para los amigos de Mundorutas
Fue un almuerzo increíble, aun me costaba procesar todo lo que habíamos recorrido y vivido en esos casi 660 kilómetros de reto, y aun hora, más de 2 meses después, mientras finalizo la crónica de la última de las etapas, me cuesta asimilarlo.

Pasamos por más de medio centenar de poblaciones, conocimos a cientos de personas maravillosas, atravesamos docenas y docenas de sierras... y lo más importante de todo, difundimos a los 4 vientos el nombre de la Fundación Cudeca, recaudando además 2.253 euros que fueron destinados íntegramente para dicha fundación.

Estamos ya a primeros de febrero cuando estoy a punto de poner el punto y final a la crónica de esta grandiosa aventura, y aun me siento "vacío" por dentro, al saber que la experiencia ha sido única e irrepetible, y nunca viviré nada igual.

He pasado diciembre y enero lesionado por no respetar el descanso que el cuerpo me pedía y querer plantearme retos antes de lo debido, pero parece que tras un par de sesiones sin dolor, puedo volver, poco a poco y sin prisa, a entrenar.

Los retos vendrán solos, ya que siempre hay gente a quien ayudar, y ya que no soy un profesional ni puedo vivir de esto, qué menos que usar mi afición y talento para ayudar a los demás.

Claro que da mucha satisfacción ganar un trofeo o superar una determinada marca, pero satisfacción como la que sentí al presentar en navidad el reto ante los propios internos y personal de Cudeca en sus instalaciones no te la da ganar ninguna carrera.

Muchísimas gracias a todos por acompañarme en este reto, mostrándome vuestro apoyo antes aun de realizarlo, durante el reto y ahora, reviviéndolo conmigo de nuevo, etapa a etapa; lo creáis o no, pese a haberme vaciado durante esos 11 días (y toda la preparación previa que conllevaron), me llevo conmigo muchísimo más de lo que he dado, que ha sido todo lo humanamente posible.

Gracias especiales a Trekking&Running Marbella,  La Senda y Club Running UMA por equiparme, a Enix Sandals por calzarme, a Mundorutas.com por apoyarme y acompañarme siempre y a Paco, Pascal, Pablo y todos los corredores con quien he compartido camino durante este reto.


Directora de Cudeca, servidor, fundadora de Cudeca, mi padre, Paco y Nati, coordinadora de Cudeca

Gracias.

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