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Reto 360º Solidarios, etapa 3: Nerja-Canillas de Aceituno

11/13/2015 09:05:00 a. m.


Una hora más tarde de lo planeado inicialmente, pero antes de que sonase el despertador, abandoné los brazos de Morfeo.

Tras la horrible noche de la primera etapa había conseguido dormir del tirón, el estómago parecía estar en su sitio y los dolores musculares eran mucho menores que los de la jornada anterior.


Con un ánimo excelente me levanté y vestí, junto a Pascal y Paco, y nos dirigimos a degustar nuestro desayuno, cortesía del Ayuntamiento de Nerja.

Al igual que la noche anterior, tuvimos buffet libre; queríamos comenzar a correr sobre las 8 de la mañana, pero a esa hora abría el local), así que intentamos no demorarnos más de la cuenta.

Dos huevos cocidos y un mollete con aceite y tomate fueron mi elección, así como una infusión y un vaso de agua.

Una vez listos cargamos todo en el coche de mis padres, que llegaron a Nerja al amanecer, y nos dirigimos a la Zona Deportiva Enrique López Cuenca para entregar la llave del apartamento y agradecer el recibimiento y trato durante nuestra breve estancia en Nerja.

Allí nos echamos la foto que encabeza la crónica, y tras despedirnos, nos colocamos en la entrada del estadio para comenzar a correr, hasta las Cuevas de Nerja, donde comenzaba la ruta en la Topoguía de la Gran Senda de Málaga.


Salida, entre el estadio y los apartamentos ("Las Rosas")
Fueron unos primeros kilómetros algo lentos (a ritmos alrededor de 7 minutos el kilómetro), pero más que nada, por mi parte, debido al desnivel; me costó menos arrancar que en la jornada previa, y recorrimos esos dos kilómetros largos por asfalto en un santiamén, acompañados, una jornada más, por mi padre.

En la entrada a la zona de las Cuevas de Nerja identificamos rápidamente el hito de la Gran Senda de Málaga, y fuimos identificados por Manuel Figeroa y su compañero de entrenamiento, que nos estaban esperando.

Comenzamos el ascenso por un ancho carril, internándonos poco a poco en la arboleda.

Hasta pasado el kilómetro 5 seguimos con mi padre, después, se volvió al coche y seguimos los 5, charlando sobre nuestra experiencia en los ultras, el Pico del Cielo y la Almijara Trail.

También comentamos futuras pruebas, y resulta que "todos" (solo faltaba Paco, al que no logramos terminar de convencer) estamos inscritos para la prueba larga de Bandoleros, el próximo mes de marzo.

Paco, conocedor del terreno y la zona, nos asesoró sobre como prepararla, con escapadas por zonas del Arco Calizo Central, por ejemplo, para acostumbrarnos al tipo de terreno que encontraremos en territorio bandolero, tiradas largas andando, no solo corriendo, ya que en muchos tramos habrá que andar, y entrenando también la bajada, ya que es donde se suele perder más tiempo.

Las vistas eran preciosas, y para mi disgusto, la zona que vislumbrábamos es el proyecto del, si nada lo impide, futuro campo de golf... 

Poco a poco fuimos ascendiendo, con algún tramo llano o en leve descenso pero en general ganando altura, y llegamos a una explanada donde, nos contaban nuestros guías, se casó hace poco una pareja de extranjeros.

Allí inmortalizamos el momento y nos despedimos de nuestros acompañantes, que ya tenía que regresar sobre sus pasos, en pos de sus obligaciones cotidianas.


Con nuestros acompañantes, en la explanada de la boda

Momentos antes de la despedida, esta vez con Paco en la foto
Con camino de 2 horas de las piernas y apenas 10 kilómetros recorridos (y casi 500 metros de desnivel positivo, eso sí), comenzamos el técnico descenso hacia el Río Chíllar.


Comienzo del tramo de descenso; de ancho carril a estrecha vereda en pocos metros
Como en la primera etapa, en nuestro periplo a través de la Sierra de Mijas, Paco se encontró en su terreno una vez más, y con una facilidad inusitada, rápidamente nos dejó atrás.

Pascal y yo bajamos más cautos, apoyándonos con los bastones, ya que entre la tecnicidad de la bajada y la cantidad de piedras sueltas, completar el descenso sin caernos sería difícil.


Las vistas a nuestro alrededor

360º de pura naturaleza, amenazados por intereses económicos...
Casi media hora nos llevó a Pascal y a mi descender los 200 metros de desnivel negativo (en poco más de 2 kilómetros) que separaban la explanada del valle del Chíllar; tras media decena de resbalones sumados entre Pascal y yo, pero intactos, alcanzamos a Paco, que nos esperaba en el margen derecho del río, y nos dispusimos a buscar una zona por donde cruzarlo.


Me invadió la nostalgia al recordar la jornada de senderismo con mi pareja hace más de un año por ese mismo tramo

Pero rápidamente me animé afrontando un divertido paso entre rocas y troncos

Pascal se rezagó un poco y capturó el salto en el momento justo
Supuestamente ya solo quedaba un pequeño ascenso, un nuevo gran descenso y llegábamos a Frigiliana, pero casi una hora después y después de ascender, descender a una rambla, ascender de nuevo, y bajar al río Higuerón, nos dimos cuenta de que aun quedaba un buen trecho.

Ya era casi la hora estimada de llegada, así que avisamos de nuestro retraso (debido a salir con retraso, más que a entretenernos más de lo debido), y tras un nuevo ascenso y descenso, algo más duro, Paco nos comentó que ya estábamos cerca de Frigiliana.

Mientras comentábamos cómo podríamos realizar una integral de picos de Sierra Nevada, Paco nos expuso diferentes rutas y variantes, dependiendo de lo puristas que fuésemos, y nos encontramos con una pareja de senderistas extranjeros, y a lo lejos, vislumbramos un ciclista.

Se llamaba Abel, quedáos con el nombre porque es un fiera en ciclismo de montaña, y venía enviado de Frigiliana para esperarnos.

Tras repostar agua (habíamos agotado las reservas de líquidos) en un canal, aceleramos el paso hacia Frigiliana, encontrándonos con mi padre poco después.

Nunca había estado en Frigiliana, pero la fama que tiene por sus cuestas (y su belleza, todo hay que decirlo), está bien merecida.

Desde lo alto del pueblo nos animaban alumnos locales, curiosos y nuestro equipo de apoyo, y llevados en volandas por sus vítores nos plantamos en la Casa de la Cultura, donde tenían preparada nuestra recepción.


Llegada a Frigiliana, escoltada por los estudiantes locales

Recepción en la casa de la cultura

Con el representante local de Cudeca y la asociación de tejedoras solidarias

Gran detalle de la localidad, bolsa de recuerdo, guía de senderismo y productos típicos

Foto de familia durante la parada

Visitando una exposición de postales solidarias
La parada en Frigiliana fue fenomenal, personalmente me permitió recuperar mucho, ingiriendo más de litro y medio de líquido y varias piezas de fruta en apenas 30 minutos, así como una dosis de azúcar de caña tradicional.

Tras despedirnos de un par de muchachas holandesas a las que "pillé" cotilleando sobre el calzado que llevaba (hoy las Nunche 2), y hacer lo propio con las autoridades, los estudiantes locales y el maestro, con quien coincidimos en la pista de atletismo de Nerja a nuestra llegada la noche anterior, retomamos la marcha.

Abel nos acompañó pasada la salida del pueblo (todos los muchachos corrieron junto a nosotros hasta el final del municipio), y en cuanto comenzamos a subir por los primeros carriles, me di cuenta de que algo no iba bien...

El estómago estaba como del revés, me faltaban las fuerzas y me caían unos goterones enormes de sudor por la espalda, pese a haber estado parados un buen rato.

Me excusé para hacer de vientre y comenté a mis compañeros de camino que "en seguida" les acompañaba.


Las vistas a mi alrededor... todo montaña

Menos mal que llevaba clínex de sobra, porque aquello no era normal... no sabía si había podido ser el tomate del mollete del desayuno, el azúcar de caña, un exceso de fibra aportado por los plátanos...

Tras casi 5 minutos en cuclillas pude retomar la marcha, pero cuando comenzaba a ver de lejos la bici de Abel tuve que parar de nuevo.

Ya estaba casi totalmente vacío, pero los calambres estomacales seguían siendo terribles, y un ardor de estómago sin igual me subía por la garganta...

La parada fue breve en esta ocasión, y tras encontrarme con Abel, ya de vuelta, divisé a lo lejos a Pascal y Paco, esperándome en la distancia.


Con mis compañeros de nuevo

Llevábamos apenas media maratón encima, pero me encontraba físicamente hecho un adefesio... toda la motivación y energía con la que había despertado se había ido quedando por el camino en el escaso par de kilómetros que nos separaban de la salida de Frigiliana, pero aun teníamos muchísimos kilómetros y muchísimo desnivel por delante, y solo quedaba continuar.

Una enorme cuesta se alzaba ante nosotros, la temperatura iba en aumento y el asfalto bajo nuestros pies parecía empeñado en frenarnos, pero ahí íbamos los 3, caminando ahora.

No estaba muy hablador, concentrado en mantener a raya el dolor de barriga, pero Pascal y Paco charlaban animadamente sobre el origen del asfaltado de este tramo.

Por lo visto, es una zona donde hubo mucho movimiento de Maquis durante la Guerra Civil y muchas familias abandonaron sus hogares, pero ahora, varias generaciones después, están retomando la viviendas de sus abuelos y bisabuelos, motivo por el cual, muy posiblemente, se haya asfaltado este tramo que no conduce a ninguna población, sino a un diseminado de enormes casas rurales.

Pese a haberme hartado de comer en Frigiliana tenía hambre, pero no me atrevía a comer nada para no ir al baño de nuevo; de hecho, solo bebiendo, no tardé en oír, de nuevo, la llamada de la naturaleza.

Me aparté del camino e insté a mis compañeros a seguir, y con las piernas ya acalambradas por el peculiar estiramiento al que las había sometido 3 veces ya en la última hora, me puse en faena.


Otra parada más... ¡que lata de barriga!

Tardé más de lo que hubiese querido, pero la verdad es que el dolor de barriga se alivió bastante, y con las piernas aún de mantequilla, me puse a trotar, aprovechando una pendiente hacia abajo.

Llegué a una bifurcación, en la que Cómpeta se indicaba hacia adelante y hacia la derecha otros dos destinos que no me sonaban; había una señal de la gran senda a la derecha de la carretera, por lo que supuse que cortaba el desvío, y continué hacia adelante.

Ascendí por una enorme cuesta asfaltada con un cambio de rasante, caminando, ya que no encontraba las fuerzas necesarias para echar a trotar, pero al llegar arriba del todo no vi por ningún lado a Pascal ni Paco, así que eché a trotar progresivamente, aprovechando la pendiente, y el GPS marcó el primer kilómetro desde que había parado a hacer de vientre; demasiado tiempo...

Cuando llevaba 200 metros más, recorridos entre fincas, llegué a una bifurcación pequeña, y me escamaron tres cosas... la primera, que no me hubiesen esperado Pascal y Paco, la segunda, que no hubiese hito ninguno en la bifurcación, y la tercera, que llevase tanto tiempo sin ver a nadie...

Mientras trotaba, absorto en mis pensamientos, un perro apareció en mitad de la nada, y comenzó a ladrar mientras se acercaba corriendo a mi.

Me di la vuelta y vi como uno de los perros, que ladraban como descosidos desde las fincas, bajaba al camino por una pequeñísima abertura en la verja, y se sentaba en mitad del camino como esperando que me acercase, enseñando los dientes, pero sin ladrar.

Giré como pude y me subí a un terraplén, y mientras el primer perro comenzaba a subir hacia mí, resbalándose con las piedras sueltas, esprinté en diagonal hacia el camino y no paré hasta que no escuchaba ladridos tras de mí.

Llevaba casi 2 kilómetros recorridos en solitario sin rastro de nadie, así que intenté contactar con el equipo de apoyo, inicialmente sin éxito, ya que no tenía cobertura, y después, vía whatsapp, conseguí que llegasen algunos mensajes.

Llamé también a Pascal, pero la red no me permitía efectuar la llamada...

El camino había acabado y bajaba por un sendero de tierra hacia el fondo del valle, y tras llegar a una nueva bifurcación sin hito, decidí darme la vuelta, no sin antes comprobar mi ubicación vía GPS.

Estaba a 7 kilómetros en línea recta de Cómpeta, y bastante cerca de la carretera que llevaba hacia ella, pero me separaban de ella unos 200 metros hacia abajo por un barranco descendible pero muy técnico y al menos 300 metros posteriores de ascenso... si, definitivamente tenía que darme la vuelta...

Tenía el pulso acelerado, había recobrado el vigor y ni me acordaba del estómago, y con el corazón en un puño cada vez que oía un ladrido cercano (me han atacado perros en varias ocasiones, tanto en entrenamiento como en competición), fui subiendo a buen ritmo las pendientes que me separaban del último hito que había divisado.

Llegando al tramo donde me habían salido los perros comencé a escuchar una moto cercana, y pasaron por mi lado su conductor y una muchacha a la que llevaba de paquete, así que, aprovechando el estruendo que levantaba, corrí todo lo que pude para seguir su estela.

Cuando vi al perro que me había obstaculizado el paso, tumbado en el camino, ni me miró, y por suerte, del otro no había ni rastro.

El móvil comenzó a vibrar, y acelerando para coger mayor visión periférica, alejado de las fincas, lo cogí.

Era Pascal, me estaban esperando en el hito; se oía fatal, pero les dije que no se moviesen justo antes de que se cortase la llamada.

41 minutos y 4 kilómetros después de haberlos visto por última vez los encontré, esperándome en el hito.

Un mensaje para los encargados del mantenimiento (si los hay, que espero que si) de la Gran Senda de Málaga: hay muchos cruces muy mal señalizados, y tramos de varios kilómetros sin hitos o mal colocados... para alguien que no conozca el terreno, aun con la ayuda de la topoguía, puede ser complicado moverse, si me pasó a mi a plena luz del día y con el recorrido estudiado...

Intenté contactar con el grupo de apoyo y mi familia para tranquilizarles, pero seguía sin cobertura, así que dejé unos mensajes en el whatsapp del reto para que llegasen en cuanto pillásemos red, y nos pusimos en camino por un camino que descendía ligeramente, a la sombrita.


Un gustazo poder pillar algo de sombrita, y con pendiente a favor...
Sabía de antemano que esta sería una jornada dura, de hecho, la consideraba la segunda más dura después de la penúltima, que por motivos logísticos habría que alargar de Casares-Marbella a Casares-Ojén, pero notaba que estaba pudiendo conmigo.

Llevábamos una hora de retraso inicial por salir tarde, ahora, casi otra al haberme perdido, el estómago se había vuelto en mi contra una vez más y notaba como perdía fuerzas paso a paso; también tenía bastante hambre, y comenzaba a tener sed, y ya había agotado casi todas mis reservas de líquido.

Saqué un plátano que había guardado en la mochila y seguí a mis compañeros al trote mientras nos acercábamos a una población que quedaba a mano derecha desde el punto donde me di la vuelta tras haberme perdido, y ahora iba situándose a nuestra izquierda.


La siguiente parada... aunque pasaríamos de largo al no estar contemplada la población
Llegando a la Aldea del Acebuchal Alto
El plátano me sentó bien, y la bajada a ritmo suave por la sombrita me devolvió los ánimos, así que volví a dar conversación mientras dejaba atrás mis fantasmas.

Nos encontrábamos en el Barranco del Acebuchal, tramo que, de haber tenido lluvia, hubiese sido muy interesante cruzarlo; por suerte, estábamos teniendo un tiempo de 10, parecía que estábamos en mayo en vez de en noviembre, ya que pese a que hacía fresco por las mañanas y de noche, durante el día estábamos rondando los 30 grados.

El lecho del río se retorcía a izquierda y derecha, con algunos puntos no muy bien marcados por los hitos, pero Paco, gran conocedor de la zona, nos iba guiando, trochando cuando la Gran Senda de Málaga nos dirigía hacia los meandros, a un ritmo bastante bueno.

Paco nos iba contando historias sobre la zona, muy transitada años atrás al ser el paso natural entre provincias, y entre otras, nos contó la historia de la Venta del Cebollero.

Yo iba metido en mi película mental sobre la venta, que me imaginaba imponente y a rebosar de bandoleros, como si de la versión española de Django se tratase, pero la verdad es que las ruinas de la venta, al llegar, me impresionaron más aun de lo que esperaba.

Se notaba que llevaba décadas en desuso, pero parecía que en cualquier momento aparecería una silueta a caballo en esa zona del Paraje de Cuatro Caminos.

Paco decía conocer una fuente, pero como no queríamos desviarnos mucho, compartimos agua y víveres en una breve parada y retomamos la marcha, ahora transitando por pistas anchas por vez primera desde la salida de Frigiliana.

La pendiente iba picando, y cuando el terreno trazaba zetas demasiado abiertas, trochábamos, y paso a paso y a buen ritmo, ascendimos hasta el Puerto de Páez Blanca, dejando atrás buena parte del recorrido y el ecuador de la etapa, si todo iba según lo previsto.


Superado ya el ecuador dela etapa

Pese a las zonas de espero matorral, con romeros y aulagas, iba cómodo con huaraches

Con Pascal, fotógrafo principal en esta etapa
Poco a poco el ascenso se fue tornando más técnico, y tras un ascenso por un paso de montaña a rebosar de enormes pinos resineros pudimos ver (bueno, intuir, gracias a las indicaciones de Paco), Cómpeta, tras una ladera coronada por pinos, justo enfrente nuestra.


En pleno paso, rodeados de los pinos, cuya explotación se está recuperando

Para llegar allí habría que ir recorriendo todas las montañas que nos rodeaban, a media ladera, por una pista bastante ancha; por un momento me invadió esa misma sensación de pequeñez que sentí en el Andorra Ultra Trail, al poder ver el siguiente punto de paso en la distancia, pero saber que está o muy lejos, o muy elevado, o ambas cosas... es una sensación difícil de expresar...


No se aprecia en la imagen, pero quedaba a mano izquierda, algo más bajo que el cerro cortado

Fuimos trotando por la ladera del Cerro de las Tres Cruces, recorriendo El Cortijo y la zona sur de la ladera del Daire.

Fue un tramo que se me hizo duro psicológicamente por tener al alcance de la vista todo el rato el destino, lo que hacía parecer que no avanzaba, pero la conversación y la compañía eran inmejorables, charlando con Pascal y Paco sobre la organización de ultras y lo que ello conllevaba.

Llegando a El Cortijo nos topamos con una fuente natural, donde nos sentamos a merendar, beber y recargar agua; aproveché para intentar contactar con el equipo de apoyo, pero seguía sin cobertura... aun así les mandé una foto, que se quedó cargando.


Las fuerzas iban mermándose, pero los ánimos, en aumento
Llevábamos muchísimo retraso para llegar a Cómpeta, pero la situación no tenía pinta de mejorar, así que me resigné y disfruté del paisaje y la compañía.

Casi una hora después de dejar la fuente, ya con algo de fresco, hicimos un alto camino al repetidor, y nos dimos la vuelta para comprobar el camino recorrido hasta llegar a ese punto.


Por increíble que parezca, del sendero a media ladera del fondo veníamos...

Desde el mismo punto, enfocando un poco más al este
Las vistas del circo que habíamos rodeado eran espectaculares, y nos permitimos el lujo de repasar el camino con la mirada y retomar el aliento antes de continuar.

Una vez dejamos atrás el Cortijo del Daire Paco nos aseguró que estábamos cerca, y así lo estaba el cerro coronado por pinos, pero aun ni rastro de civilización...

Pascal y yo descendíamos con dificultad, siguiendo la estela del incombustible Paco, y tras una larga bajada a la derecha del repetidor, al que no ascendimos, llegamos a una zona donde se había efectuado recientemente trabajo forestal.

Algunos hitos habían sido arrancados y uno descansaba sobre el suelo, pero Paco conocía el camino, así que lo seguimos.

Llegamos a una bifurcación sin hito, y cogimos el camino de la derecha; tras varios minutos de trote llegamos a pensar que nos habíamos despistado, pero ya con el ocaso sobre nosotros no podíamos retroceder si queríamos llegar a Cómpeta con luz...


Las vistas desde ese punto; al menos a lo lejos se veía una torre de alta tensión...
Por suerte, en uno de los quiebros a la izquierda del sendero apareció, de golpe y porrazo, el campo de fútbol de Cómpeta ante nosotros, y como desparramada a lo lejos, la localidad.

Era uno de los típicos pueblos blancos andaluces de postal, al que accedimos por un sendero que bordeaba el campo de fútbol mientras la vibración de mi móvil indicaba que comenzaba a recibir mensajes nuevamente.

Tras pedir indicaciones y llegar al Ayuntamiento, desierto, llamé al equipo de apoyo, que nos esperaba en el polideportivo.

Llegamos bastante cansados y muy tarde, pero allí estaban esperándonos las autoridades pertinentes y nuestro infatigable equipo de apoyo.


Pese a realizar una breve parada nos abrigamos bien antes de continuar, con los frontales listos

Llevábamos 50 kilómetros encima y 11 horas de camino, pero aunque hubiese estado encantado de descansar, el sentarme en Cómpeta no me lo hubiese permitido, ya que hubiese estado pensando todo el rato en el camino que nos quedaba por recorrer; en lugar de sentarnos, una vez nos avituallamos (y personalmente, me harté, nuevamente, de arroz), seguimos en marcha.

Salimos por Calle San Antonio y llegamos en un santiamén a Canillas de Albaida por el sendero que discurría en paralelo a un canal de riego, acompañados en la oscuridad por ladridos de perros cercanos que hacían que se me erizasen los vellos de la nuca.

La noche casi no tenía luna, pero mi frontal se bastaba para alumbrar el camino de lado a lado, por lo que no era necesaria mayor iluminación.

Llegamos a Canillas de Albaida por la Ermita de Santa Ana, y mientras Paco se colocaba un frontal y Pascal descansaba apoyado en una acequia de agua, contacté con el equipo de apoyo.

El ayuntamiento estaba ya cerrado, pero nos habían dejado las bolsas con el avituallamiento en la puerta; bueno, tal y como estaban las cosas, con la noche encima y varias decenas de kilómetros por delante, no nos vino mal del todo el contratiempo.

Fui al baño mientras Paco y Pascal se preparaban para continuar y rodeamos la población bajando por la Ermita de Santa Ana hacia el puente romano que cruza el Río Frío.

Tras un tramo de ascenso no demasiado complicado desembocamos en la carretera, donde nos alcanzó el coche de apoyo, y al ascender caminando, Raúl, uno de los compañeros de Mundorutas.com, se unió a nosotros hasta que llegamos a la bifurcación que ascendía a la Cruz del Muerto.

Nos encontrábamos en una encrucijada, nunca mejor dicho; según la previsión de la topoguía de la Gran Senda de Málaga nos esperaban 21 kilómetros y al menos 2000 metros de desnivel acumulado hasta Canillas de Aceituno siguiendo el sendero; por asfalto, según el GPS del coche de apoyo, apenas 17.

En cualquier caso, llegaríamos rematadamente tarde, por lo que llamé a nuestro contacto en Canillas de Aceituno, e intenté contactar con el de Sedella, sin éxito.

Decidimos continuar por asfalto, ya que era muy tarde y mañana nos esperaba otra buena etapa, aunque sin duda no tan montañera como la que teníamos aun entre ceja y ceja.

La carretera estaba muy poco concurrida, y el coche de apoyo nos iluminaba el camino y advertía de nuestra presencia, la noche era fresca, pero corriendo la temperatura era agradable, y varias decenas de estrellas comenzaban a salpicar el cielo nocturno; si eres corredor y al contemplar dicha estampa no te entran ganas de correr, tienes que hacértelo mirar...

Con renovadas energías entablé conversación con Pascal y Paco, largas e intrincadas e interrumpidas únicamente por mi, cada vez más frecuentes (pese a haber comido únicamente arroz y plátano en Cómpeta) paradas para hacer de vientre.

Si tuviese que poner títulos a nuestras conversaciones, los temas principales de la noche serían "Steelman X, ¿mito o realidad?", "Barkleys Marathons... ¿tan dura como dicen?" "El 8 alpino de Fali El Coleta" y "La Núria Queralt y otras travesías de montaña"


Avanzando, que no era poco a esas alturas
Así alcanzamos el kilómetro 60, en la entrada de Salares, donde improvisamos un avituallamiento sobre todo, por mi parte, para descansar un poco las piernas y beber mucho líquido.

No paraba de ir al baño, pero comenzaba a orinar poco, y tras un día a ritmos cambiantes y alternando grupos musculares, los kilómetros de asfalto que nos estábamos echando encima comenzaban a pesarme.

Con 13 horas y media de camino en las piernas, a las 10 y media de la noche, llegamos a Sedella, que atravesamos para acceder a la circunvalación tras comprobar que, en efecto, la plaza del ayuntamiento estaba desierta (como todo el pueblo, donde no vimos ni un alma).

Volvimos al camino charlando sobre retos de naturaleza dudosamente humana, la visión del trail estadounidense vs la europea y diferentes formas en general de vivir el deporte en la montaña, tratando de mantener la vigilia en una hora en la que, especialmente después de la paliza que llevábamos encima, el sueño comenzaba a hacer acto de presencia.

La conversación iba menguando, y dejamos de avanzar en paralelo para hacerlo en fila india, sorprendidos de que en el margen izquierdo de la carretera y sin previo aviso, comenzaran a sucederse hitos de la Gran Senda de Málaga, cuando sin duda había forma de realizar el tramo que hacíamos por asfalto sin necesidad de pisarlo.


Con el cuerpo roto, pero el alma viva
Según mis cálculos apenas estábamos a 5 kilómetros ya de Canillas de Aceituno, pero aun no se vislumbraba... cada vez realizábamos más tramos andando (todas las pendientes ya), mientras la temperatura bajaba y la humedad aumentaba; llegó un momento en el que personalmente no trotaba para llegar antes, sino por supervivencia...

Cuando finalmente vimos las luces de Canillas de Aceituno no me lo podía creer, y tuve que morderme un labio para asegurarme de que no era una alucinación (después de la experiencia en Andorra, sé que pueden aparecer en casos de agotamiento extremo sin avisar, y el marco era inmejorable para ello); por suerte no lo era, y en la entrada del pueblo avisé a mi contacto.

Quedaríamos con ella en la esquina opuesta del pueblo, mientras el equipo de apoyo buscaba algún local abierto para comprarnos algo de cena.


La foto reglamentaria, a nuestro paso por el ayuntamiento, donde paramos el GPS
Llegamos completamente KO (al menos yo) al campo de fútbol, donde tendríamos el vestuario masculino para pasar la noche; una ducha con agua caliente y un espacio techado, no podíamos pedir más, aunque hoy, sin duda, nuestros cuerpos se lo merecían y lo necesitaban.

Cenamos con nuestro equipo de apoyo y nos despedimos de ellos tras preparar todas las cosas.

No había colchonetas ni nada por el estilo, pero, siendo previsor, llevaba un saco de dormir, un colchón hinchable de matrimonio y una bomba de aire, lo que salvó a Paco de dormir sobre las banquetas.

Tras ducharnos preparé el rollo de papel higiénico cerca del baño, un bidón de medio litro de agua con recuperador de naranja, para beber cada vez que fuese al baño y así evitar deshidratarme y, con mallas térmicas de abajo y arriba enfundadas, me tumbé en el colchón, sin fuerzas si quiera para cambiar de postura.

Pasaban ya las 12 de la noche, y queríamos sin falta estar en movimiento a las 8 de la mañana; tendríamos unas 6 horas de sueño, si conseguíamos conciliarlo.

Así finalizó la tercera etapa del Reto 360º Solidarios...


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2 comentarios

  1. Es cierto que la señalización de la gran senda en muchos puntos deja mucho que desear, especialmente entre Periana y Nerja, donde la señalización corresponde a un GR, el 242, que existia previamente y que estaba ya muy mal señalizado y muy mal trazado en mi humilde opinion, (abusando del asfalto cuando existen otras opciones). El punto donde te despistaste, es el cruce donde de frente sigue la verea de Competa, y hacia la derecha se sigue hacia El Acebuchal. No es complicado despistarse en ese punto, sobretodo si no se conoce la zona.

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    1. La verdad es que el mantenimiento de esta etapa dejó bastante que desear en muchos puntos, tanto por escasa señalización como por caminos en los que nos tuvimos que abrir paso entre aulagas y matorrales para encontrar la vereda...

      Tenemos una red de senderos que personalmente me ha sorprendido en muchos tramos, pero no basta con poner los hitos y listo, hay que hacerle un mantenimiento...

      ¡Un saludo Elessar!

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